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Huid de la fornicación (Génesis 39)
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A José, uno de los hijos de Jacob, sus hermanos lo detestaban, por eso
decidieron deshacerse de él vendiéndolo como esclavo. De esta manera fue
llevado a Egipto. Allí Potifar, oficial de Faraón, lo compró. Luego,
viendo que José trabajaba con celo y rectitud, lo ascendió a mayordomo.
Entonces la mujer de Potifar intentó seducirlo varias veces, pero José
rechazó la tentación tajantemente. Enfadada por verse rechazada, la
mujer se vengó y mediante un falso testimonio consiguió que José fuese
condenado por la falta que no quiso cometer. Lo encarcelaron, pero Dios
nunca abandonó a su fiel testigo e hizo que prosperase aún más.
Queridos jóvenes creyentes,
sigamos el ejemplo de José. Desde la creación del hombre Dios limitó las
relaciones sexuales al contexto de la pareja, entre marido y mujer
(Génesis 2:24). Esta ordenanza fue confirmada en Éxodo
20:14: “No cometerás adulterio”, completada en
Deuteronomio 22:13-29 y vuelta a comentar por Jesús mismo
(Mateo 19:2-9). El Espíritu indica categóricamente a toda la
asamblea de Jerusalén que uno debe abstenerse de la fornicación
(Hechos 15:28-29), y el apóstol Pablo lo repetirá a menudo en sus
epístolas.
Aquel o aquella que no sigue
la corriente de este mundo en el ámbito de la sexualidad puede ser
ridiculizado o acosado, pero será feliz obedeciendo a su Salvador, quien
se lo ordena por su bien y, por supuesto, por el bien de los hogares, de
los niños y de la sociedad en general.
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