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Un Dios que
Salva
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Una mujer libanesa, a quien se
le hablaba del amor de Dios por este mundo, se resistía con muchos
argumentos.
Pero un día su hijo, víctima de un
accidente, necesitó urgentemente una transfusión sanguínea. En esa
región montañosa del Líbano hubo que buscar a alguien dispuesto a dar
sangre al joven. Sólo un cristiano de la aldea tenía el grupo sanguíneo
compatible con el del muchacho y no vaciló en socorrerlo. Gracias a este
creyente, el herido se repuso rápidamente.
Días después el creyente fue a
visitar a la familia. Todos lo acogieron con gozo y agradecimiento. –Su
intervención salvó la vida de mi hijo, dijo la madre. Entonces,
sonriendo, el creyente dijo: –Es poca cosa, señora; piense más bien en
lo que Dios hizo por nosotros. La Escritura dice que estábamos
“muertos en pecados” (Efesios 2:5), pero “de tal manera
amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel
que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan
3:16).
A veces el don de la sangre es el
único medio para salvar físicamente una vida humana. Jesús dio su vida
por mí. Murió en mi lugar, cargó con el castigo que merecían mis
pecados. A través de su sangre vertida en la cruz obtuvo pleno perdón
para todos aquellos que creen, haciendo así la paz con Dios.
Entonces la mujer comprendió que la
actitud de ese creyente era el reflejo de un amor mucho más grande:
Jesús dio su vida para la salvación de los hombres.
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