| |
Jacob y la piedra levantada
Jacob, cuyo nombre significa «el que suplanta», «el que pasa antes que los
demás», mintió a su padre, engañó a su hermano y huyó de casa por miedo a que lo
mataran.
La noche siguiente a su huida, Dios se le apareció en un sueño y le
ofreció su gracia acompañada de promesas incondicionales, diciendo:
Yo estoy contigo, y te guardaré por dondequiera que fueres, y volveré a traerte
a esta tierra (Génesis
28:15). Jacob tuvo miedo de la presencia de Dios; sin embargo, pensó en
negociar con él porque no le gustaban las cosas gratuitas. Como un verdadero
comerciante, respondió:
Si fuere Dios conmigo, y me guardare en este viaje en que voy, y me diere pan
para comer y vestido para vestir, y si volviere en paz a casa de mi padre, el
Señor será mi Dios… y de todo lo que me dieres, el diezmo (10 %)
apartaré para ti (v. 20-22).
Antes de seguir su camino, Jacob tuvo un gesto de respeto para con Dios:
tomó la piedra que había puesto de cabecera, la levantó como señal y derramó
aceite sobre ella.
¿Sabemos «señalar con una piedra blanca» los momentos en que Dios nos ha
hablado? ¿Reconocemos su voz consoladora cuando estamos desalentados, quizás
huyendo o llenos de remordimientos por haber hecho daño a alguien? ¿Aceptamos su
don gratuito, su perdón? ¿O pretendemos negociar con él diciendo: Me comprometeré
con Dios, pero sólo con tal o cual condición?
|
|