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Brillar donde Dios nos colocó
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Dios coloca a sus hijos aquí y allá
en el mundo, como se colocan faroles en las calles de una ciudad. Pero
al igual que las lámparas eléctricas, para dar luz es necesario estar en
contacto con la fuente de energía.
El Señor Jesús advirtió a los suyos: “Separados de mí nada podéis
hacer”
(Juan 15:5). Evidentemente,
las lámparas no se preocupan por el lugar donde fueron colocadas; lo
importante es que den luz. El que las coloca en el lugar donde deben
estar es el
responsable.
En el sentido moral, la luz es la irradiación de la vida de Jesús en el
mundo. Usted se halla en cierto vecindario, en un lugar de trabajo
determinado, en condiciones que tal vez quisiera cambiar, pero que no
son casuales. Dios lo colocó allí y sabe por qué lo hizo. Espera que
usted reproduzca, y justamente en su entorno, las perfecciones morales
de Jesús: bondad, humildad, dulzura, alegría, paciencia y
abnegación.
Los que no leen la Palabra de Dios deben, de alguna manera, poder leerla
mediante el testimonio de la vida de los creyentes. ¿Qué se necesita
para esto? ¡Que la corriente pase! Permanecer en contacto con la fuente
divina, mantener la comunión con el Padre y con el Hijo. La razón de ser
del cristiano en la tierra es irradiar la luz de Cristo. ¡No faltemos,
pues, a nuestra vocación!
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