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Un Día Diferente de los Otros
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El evangelio de Marcos
(capítulo
15) nos presenta el relato
cronológico de ese día único en la historia del mundo, el día de la
crucifixión del Señor.
Está dividido de tres en tres
horas.
Por la mañana
(v. 1), al amanecer, el Señor
fue llevado atado a
Pilato.
A la hora tercera
(v. 25) fue crucificado. Los
hombres le ultrajaron, le injuriaron y se burlaron de él.
Cuando llegó la hora sexta
(v. 33), es decir, al
mediodía, empezaron las tres horas de tinieblas. Entonces Jesús sufrió
de parte de Dios el castigo que merece el pecado de los hombres, el mío
y el
suyo.
A la hora novena
(v. 34), la obra de la
expiación llegó a su fin. Jesús exclamó:
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me
has desamparado?”. Luego expiró, dando una gran voz que hizo decir
al centurión:
“Verdaderamente este hombre era
Hijo de
Dios” (v. 39).
Cuando llegó la noche
(v. 42), el cuerpo de Jesús
fue colocado en un sepulcro. Era el final del día, la víspera del
sábado, día en que toda actividad se suspendía.
El cuerpo formado por Dios mismo, en el cual Jesús visitó y atravesó
este mundo, cuerpo que fue golpeado, lastimado, ultrajado y crucificado,
se hallaba envuelto en una sábana y puesto en el sepulcro nuevo de un
hombre rico (Isaías
53:9). El Santo no debía ver
corrupción, ni aun tener contacto con ella (Salmo
16:10). Tres días después
resucitó.
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