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Como la Estela de un Navío
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La vida siempre contiene, al menos bajo la forma de nostalgia, un deseo
de felicidad y alegría. Más o menos conscientemente, todos aspiramos a
ella. No hay vida sin admiración, sin esos momentos en los que queremos
cantar de alegría. Esa necesidad de alabanza es tan inherente a la vida
humana que, si el hombre no alaba a Dios, exaltará cualquier cosa que lo
reemplace: un ideal, un motivo político, algún tipo de arte, de deporte,
etc. La historia de la humanidad muestra qué formas pervertidas puede
tomar también este arrebato de exaltación cuando está desviado de Dios.
Pero el que confía en Dios
descubre que la fuente de la alegría está en una persona: en Jesús.
“Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por
él” (1 Juan 4:9). Independientemente de cuál haya sido
nuestro pasado y la gravedad de las faltas que hayamos cometido, podemos
encontrar la respuesta a nuestra ardiente sed de felicidad confiando en
Dios, creyendo en el Señor Jesús. Entonces gustamos de su alegría, y
ésta permanece incluso en los momentos difíciles, tal y como han podido
testificar tantos creyentes.
Esta alegría es completa
cuando gozamos, por la fe, de la presencia de Dios. Él nos salvó y nos
guía hacia el cielo, por ello podemos regocijarnos plenamente. Entonces,
al igual que la estela de un navío, la alegría es el rastro del amor de
Dios actuando en nuestras vidas.
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