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El
Mandamiento del Padre
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El evangelio de Juan presenta a
Jesús principalmente como el Hijo de Dios, creador del universo y a
quien éste está sujeto.
No obstante, en este evangelio Jesús
también insiste varias veces en el hecho de que Él vino al mundo para
cumplir la voluntad de su Padre. Esa voluntad es el amor de Dios para
con los pecadores. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha
dado a su Hijo unigénito” (Juan 3:16). La muerte y la
resurrección del Hijo de Dios eran necesarias para salvarnos; tal era
“el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios”, según
el cual Jesús fue entregado (Hechos 2:23).
Tal obediencia es absolutamente
única en este aspecto. Jesús fue a la muerte de la misma manera que
salió de ella, es decir, en plena posesión de su poder soberano. Su
voluntad no fue constreñida como lo habría sido la de una criatura, sino
que estaba en perfecto acuerdo con la del Padre en esa obra redentora.
Dejó su vida voluntariamente. Su poder no fue menoscabado porque los
hombres pusieron sus manos sobre Él y lo crucificaron. Y ese poder
brilló en su resurrección.
El mandamiento de su Padre era que
dejara su vida y la volviera a tomar, lo que hizo por sí mismo como Hijo
de Dios. Y ese Hijo, centro eterno del amor del Padre, “el unigénito
Hijo que está en el seno del Padre” (Juan 1:18), daba a ese
amor infinito una nueva relación con la tierra, para la gloria y la
alegría del cielo. “Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida,
para volverla a tomar” (Juan 10:17).
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