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El primer mártir cristiano
(Hechos 6-7)
Esteban, firme en su fe y valiente ante sus acusadores, dio testimonio de Dios
al precio de su vida. Dos de sus dichos recuerdan lo que Cristo, su Señor, dijo
cuando estaba crucificado. Al implorar el perdón para quienes lo lapidaban,
Esteban exclamó:
Señor, no les tomes en cuenta este pecado, y antes de morir: Señor Jesús,
recibe mi espíritu
(Hechos 7:60, 59; compárese con Lucas 23:34, 46).
Su corta vida estuvo impregnada de la palabra de Dios. Así lo demuestra
el relato que hizo de la historia de Israel hasta la venida de Cristo, el Mesías
prometido pero rechazado por sus contemporáneos. Mientras el concilio se
enfurecía, Esteban, con los ojos puestos en el cielo,
vio la gloria de Dios y los cielos abiertos (Hechos 7:55-56). Nadie pudo
resistirse
a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba (6:10).
Al igual que su Señor, fue acusado por falsos testigos.
Lleno de gracia y de poder, había hecho grandes prodigios (v.
8). Había sido escogido para servir a la iglesia, e hizo bien el trabajo que le
fue confiado. Al final de su vida, su fe brillaba ante los ojos de Saulo (el
futuro apóstol Pablo), haciendo vacilar las convicciones de este último
(Hechos 22:20).
Fiel hasta el final, Esteban recibirá la corona de vida, que Dios ha
prometido a los que le
aman (Santiago 1:12).
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