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El reloj inútil
Un revendedor me vendió por un precio ridículo un magnífico reloj de chimenea
que daba un hermoso aspecto a mi sala. Por desdicha, el reloj tenía un grave
defecto: indicaba la hora sólo dos veces por día, es decir, no funcionaba. Por
más que se le diera cuerda, o lo sacudiera, el balancín permanecía inmóvil. Era
magnífico pero inútil.
En este mundo hay muchas personas que se parecen a este reloj, pues no cumplen
con la función para la cual el Creador las destinó. ¿Para qué nos creó Dios? Para
hacer su voluntad. ¿Y cuál es la voluntad de Dios?
Que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad (1
Timoteo
2:4).
Cierta vez los judíos le preguntaron a Jesús:
¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios? Respondió Jesús y
les dijo: Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado
(Juan 6:28-29). Si no hacemos la voluntad de Dios, malogramos la meta de
nuestra existencia; y por más hermosa que sea nuestra apariencia, somos como ese
reloj: inútiles. Además, somos desobedientes, porque Dios
ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan (Hechos
17:30).
Arrepentimiento y fe son las llaves que nos harán funcionar para ser útiles a
nuestro Creador, el divino relojero. Entonces él nos mostrará lo que espera de
nosotros día a día.
Tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y
reverencia (Hebreos
12:28).
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