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Cristo, el
Verdadero Siervo
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El Señor Jesucristo, el eterno
Hijo de Dios, vino del cielo a esta tierra para servir a Dios como ser
humano. Al hacerlo no obraba según su propia voluntad, sino que
únicamente la voluntad de su Dios y Padre era el motivo de sus hechos.
Lo amaba y se gozaba en servirle. “El hacer tu voluntad, Dios mío, me
ha agradado” (Salmo 40:8).
Por medio del profeta Isaías
Dios presentó a su siervo con estas palabras: “He aquí mi siervo, yo
le sostendré; mi escogido, en quien mi alma tiene contentamiento”
(42:1). En el cumplimiento de los tiempos el Señor Jesús vino
como hombre a esta tierra (Gálatas 4:4). Al principio de su
servicio oficial Dios dio testimonio, desde el cielo, de su complacencia
en Él. En medio del orgullo de los hombres, el Señor cumplió su servicio
con humildad. Su ilimitada obediencia lo llevaba a la muerte en la
cruz.
Su gloria, que llevaba un
carácter celestial, brillaba en su humildad. Vino para servir no sólo a
Dios, sino también a los hombres, por quienes dio su vida en rescate. Él
no obraba entre los grandes de este mundo, sino entre los humildes, los
pobres y los miserables. ¡Qué Salvador admirable! Vivió entre sus
criaturas, obró a favor de ellas juntamente con su Padre y cumplió su
servicio sin descanso. Luego se dijo de Él: “Como había amado a los
suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Juan
13:1), y eso a pesar del comportamiento de sus discípulos después de
que su Señor cayese en manos de sus enemigos.
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