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El
Gran «¿Por qué?»
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Si deseamos ver en toda su realidad
la actitud de Dios frente al pecado y el verdadero carácter de su
santidad, sólo debemos contemplar la cruz y escuchar ese clamor de
angustia que resonó en medio de las tinieblas del Calvario:
“Dios mío, ¿por qué me has
desamparado?” (Mateo
27:46).
Nunca antes había sido formulada semejante pregunta, y jamás habrá otra
similar. Sea que consideremos a Aquel que la expresó o a quien fue
dirigida, permanece única en la eternidad. La cruz da la medida del odio
de Dios hacia el pecado e igualmente la de su amor por el pecador. Sobre
esta base divinamente justa él manifiesta su gracia, perdona nuestros
pecados y considera como justos a todos los que se
arrepienten.
Pero si los hombres menosprecian la cruz y persisten en su odio contra
Dios, o dicen que él es demasiado bueno para castigar a los malos, ¿qué
les ocurrirá? Ésta es la respuesta:
“El que rehúsa creer en el Hijo
no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él”
(Juan 3:36).
Si Dios tuvo que dar, desamparar y herir a su Hijo amado para salvar al
mundo de sus pecados, ¿podrían ser salvos los pecadores indiferentes? El
Señor Jesús, ¿habría muerto de balde? ¿Dios lo habría herido sin
necesidad? ¡No! Él fue herido por nuestras transgresiones, afligido por
nuestras iniquidades; el castigo que nos da la paz, Dios lo hizo caer
sobre él…
“Por su llaga fuimos nosotros
curados”
(Isaías 53:5 y otros).
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