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El Dios invisible
Seguramente el astronauta Gargarin, quien en 1961 hizo el primer vuelo espacial
tripulado, no tenía la intención de confirmar el versículo del encabezamiento
cuando dijo que no había visto a Dios en el universo. Pero, sin querer, lo
hizo.
Lo visible es un carácter de lo creado, como lo son los ídolos que los
seres humanos se hacen. La Biblia da testimonio del verdadero Dios, el Creador
del universo,
el único que tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible; a quien ninguno
de los hombres ha visto ni puede
ver (1 Timoteo 6:16). En su grandeza está infinitamente alejado de toda
pequeñez y debilidad del hombre; es tan soberano que el ser humano nunca podrá
hacerse una imagen de él como para adueñarse de alguna manera de
ella.
Por eso es admirable que ese Dios invisible se haya manifestado al ser
humano y le haya dado su
imagen en la encarnación de Cristo, el unigénito Hijo, que está en el seno
del
Padre, es decir, que está inseparablemente unido a él. La persona del Hijo
es la imagen del Dios invisible (Colosenses 1:15).
El pecado, tal como un abismo infinito e infranqueable nos separa de
Dios. Sólo él echó el puente que permite al pecador acercarse a Dios por medio de
Jesucristo. Éste da testimonio de Dios como el Dios Salvador, quien quiere
rescatar al ser humano de la muerte eterna y darle vida eterna. Pero como Dios es
justo, debe juzgar la culpa del hombre. Cristo se encargó de ese juicio y se
ofreció para soportar la muerte expiatoria en la cruz.
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