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Violencia
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Este versículo nos dice que en
ciertas oportunidades Dios hace reflejar sobre nosotros nuestras
actitudes y conducta. ¿Acaso no hemos experimentado, por ejemplo, que si
somos corteses, los demás son corteses con nosotros? ¿No ocurrirá lo
mismo con la violencia?
La violencia física, por ejemplo, ha
sido y es aplicada incluso sobre millones de criaturas que aún se hallan
en el vientre de su madre. La violencia emocional se desata sobre
cientos de miles de niños y adolescentes, por ejemplo, cuando padres y
madres deciden que han dejado de amar a sus parejas y se divorcian. La
violencia moral se propaga constantemente a través de la industria del
entretenimiento, que tuerce los valores morales hasta el punto que “a
lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo” (Isaías 5:20). Todo
esto es legal, aceptado y defendido.
Con razón nos indignamos hacia los
autores de actos de violencia como asesinatos, maltrato y abuso a
cónyuges y niños y más aún hacia los terroristas. No obstante, nosotros
los creyentes, ¿nos damos cuenta de que cada vez que nos enojamos
(Santiago 1:19; Efesios 4:31) o hablamos mal de una persona, aun
cuando sea verdad (Romanos 1:29; Santiago 5:20, 1 Pedro 4:8),
estamos actuando violentamente contra nuestro semejante? Por supuesto
que los asesinos y los terroristas deben ser juzgados, pero sondeémonos
a nosotros mismos y juzguemos nuestros «pequeños» actos de violencia.
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