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Diamantes para la Corona de mi Rey
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Cierta vez el misionero François
Coillard visitaba las minas de Kimberley en Sudáfrica. Allí le mostraron
las máquinas, las instalaciones y ante todo los diamantes que habían
sido hallados. Uno de los dirigentes de la mina, quien sabía que
Coillard iba a adentrarse en el desierto africano para llevar el
Evangelio, le dijo con una sonrisa burlona: –Un hombre inteligente e
instruido como usted podría ganarse muy bien la vida en este país. Mire
estos diamantes. ¿No le hace reflexionar? Coillard dio esta sencilla
respuesta: –Busco diamantes negros para la corona de mi
Rey.
Las cosas que tienen importancia en este mundo, el dinero, el éxito
social, el poder, la erudición, la celebridad, etc. no tienen valor a
los ojos de Dios. Lo que cuenta para Él son los hombres de todas las
razas, su vida y su felicidad. Como lo escribió Irenio, cristiano del
primer siglo: «La gloria de Dios es el hombre viviente».
La verdadera vida no se limita al horizonte material, sino que su
plenitud es amar a Dios y a su prójimo. Dios es amor y desea que
conozcamos su amor y lo experimentemos en todas nuestras circunstancias.
Para eso debemos acercarnos a él por medio de la fe y creer en su
Palabra. Entonces podremos dar testimonio a los que nos rodean del amor
divino manifestado por el don de Jesús.
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